Iobec mapic, el árbol de la sal
Según Lázaro Flury, "... en la maraña del Chaco salteño se esconde una planta, muy rara, por cierto, que los mocovíes llaman iobec mapic, que en su lengua significa ¨el árbol de la sal¨ y que constituye una verdadera curiosidad entre las maravillas vegetales que atesora el impenetrable".
En plenitud de su desarrollo, la Heliconia hirsutta (su nombre botánico) alcanza hasta dos metros y medio de altura, y sus hojas crespas , de largos pecíolos, suelen envolverse en las alas de los molles y los guayacanes, como si fuera una enredadera. Sin embargo, lo más curioso de esta planta es que sus cenizas tienen la característica de ser sumamente saladas, por lo que los mocovíes las utilizan para aderezar sus alimentos.
Obtienen estas cenizas mediante un ritual que consiste en formar una pirámide con troncos, ramas y hojas, a la que prenden fuego al atardecer (de hacerlo antes de ponerse el sol, este podría sentir envidia y malograr el proceso) y luego, a la mañana siguiente, ya frías las recogen y la mezclan con agua, como si fuera harina, para formar una masa después se deja secar y se muele en un mortero especial para espolvorear las comidas.
En una oportunidad en que, no recuerdo exactamente cómo, había oído hablar de esta planta a Carlos Escudero, un ingeniero agrónomo, del que sabía que recién había regresado de un relevamiento de flora en el Parque Nacional El Rey, en la provincia de Salta, fue quien me dijo:
"Es curioso, pero no hace más de dos meses que me enteré de la existencia del iobec mapic, por intermedio de un descendiente de mocovíes que en esa época se desempeñaba como guardaparque en El Rey.
- Y usted, que le interesan las plantas, ¿ ha visto alguna vez un iobec mapic?- me preguntó Aniceto, una tarde en que nos encontrábamos mateando bajo la glicina de la administración del parque
- La verdad es que ni siquiera lo he oído nombrar- contesté intrigado.
- Si quiere yo puedo llevarlo mañana a la zona donde crece- me ofreció- . No es muy común, pero si se sabe dónde buscarlo, se lo puede encontrar, aunque suele esconderse enroscándose en los árboles más grandes.
Así que, al rayar el sol en la mañana siguiente, ya estábamos en plena selva, caminando a lo largo del arroyo Dorado, rumbo a la Cañada del Agua Salada, a sus buenas tres horas de marcha a través del monte chaqueño.
- ¿Falta mucho Aniceto?- preguntaba yo de tanto en tanto, acosado por los jejenes y barihuís que infestaban el monte.
- Bastante Iapá -contestaba el indio, sin mostrar señales de cansancio ni transpiración, a pesar de la larga caminata a paso vivo y del húmedo calor de la selva.
"Finalmente, al cabo de un tiempo que me pareció una eternidad, el rostro del anciano mocoví se ensanchó en una gran sonrisa:
- Allí lo tienes iapá, dijo señalando un enorme lapacho en el que se enredaba un arbusto de hojas grandes y carnosas, de unos dos metros de altura-. Ahí tienes el iobec mapic. Y ahora te voy a contar su historia. Fue nada menos que Kotaá, nuestro Dios supremo, quien lo creó. Sólo que, según dicen, Él lo creó para que sus hojas y tallos tuvieran un sabor dulce, pero Neepec, el Diablo, intervino y los convirtió en salados.
- ¿ Y cómo fue que Neepec pudo tener más poder que Kotaá, que según sus chamás, fue el creador del mundo y todas las cosas que en él habitan?
- Es que tu no entiendes iapá. No es que Neepec tuviera más poder; simplemente quiso intervenir en los planes de Kotaá, pero cuando éste se dió cuenta de lo que sucedía, aún pudiendo revertir lo que el demonio había hecho, no lo hizo porque comprendió que el iobec mapic sería más útil para los indios siendo salado que siendo dulce.
- ¿ Y cómo es eso Aniceto?- pregunté sin entender muy bien qué se refería.
- Es muy simple, iapá- respondió el mocoví con paciencia-, Kotaá quiso brindarle al indio una planta maravillosa, cuyos frutos dulces y nutritivos saciaran su hambre y su sed, pero Neepec, envidioso como siempre, echó sobre la planta un balde de lágrimas, haciendo que sus frutos resultaran salados. Y cuando Kotaá regresó y vió lo que el demonio había hecho, se dió cuenta de que la planta resultaría más útil para el indio salada que dulce, porque ya había muchos frutos dulces, pero ninguno salado, así que de allí en más, podrían utilizarlo en sazonar sus comidas
- ¿Y cómo utilizan los indios esa sal, Aniceto?
- Por hoy acamparemos aquí, y a la noche te mostraré cómo se hace, iapá- me contestó el anciano.
"Al ponerse el sol, luego de pedir humildemente permiso al árbol, , como sus ancestros lo habían hecho desde tiempos inmemoriales, podó algunas de sus ramas, limitándose a las más antiguas, hizo con ellas y sus hojas una gran pirámide y las encendió, logrando que se quemaran con una llama muy brillante pero de poca intensidad, sin dañar los árboles a su alrededor; mientras tanto me explicaba:
- Nunca se deben quemar los troncos y hojas del iobec mapic antes de que Shibah (el sol) se ponga, porque éste se pondría celoso del brillo de su fuego y nunca permitiría que su tronco y sus hojas se convirtieran en cenizas.
"Aquella noche pernoctamos en la selva, protegidos de las alimañas por la gran fogata del iobec mapicy, justo antes del amanecer, el anciano mocoví recogió cuidadosamente las cenizas del árbol, las humedeció con agua que trajo del arroyo y fabricó con ellas una especie de pasta grisácea que amasó prolijamente , como si estuviera haciendo fideos; luego la extendió sobre una de las hojas del mismo árbol y para el mediodía estaba seca. A continuación encendió un nuevo fuego, esta vez con ramas comunes de timbó y cuando se convirtieron en brasas puso a asar sobre ellas, pinchado en una rama verde, un trozo de guasuncho que sacó de su mochila. Cuando estuvo a punto, molió entre dos piedras un trozo de la maza en que había convertido las cenizas del iobec mapic y saló con ellas la carne que, puedo asegurarles, me pareció tan deliciosa como el manjar más exquisito que hubiera probado nunca"".
Texto extraído de "Cuentos y leyendas del altiplano" Ediciones Continente