De "El libro del Haiku. Selección, traducción y estudio crítico" de Alberto Silva

(Presenciando un gran incendio en Tokyo)
Tres mil braseros
soplando aire caliente:
ciudad en llamas
[Shiki]

Dos velas arden
Una enciende a la otra
Arde el ocaso
[Buson]

El que vende abanicos
va cargado de viento,
va acalorado
[Kakô]

Presencia
de una mujer entre esos hombres:
¡qué calor!
[Shiki]

Río Mogami:
corres el Sol que quema
hasta el océano
[Basho]

Los Fuegos terminaron
La gente se dispersa
Las tinieblas avanzan
[Shiki]

Recuerdo de los fuegos
en el bote vacío,
en el río apagado
de otoño
[Shôha]

Una vela prendida a los dioses
y el lamento de un ciervo
mientras retorno
[Shiki]

Instante
entre la luna que se va
y el sol que llega (la roja
libélula)
[Nikyû]

Sobre el techo,
la gente mira fuegos
como quien mira lunas
[Shiki]

Ráfagas de sol
de este lado del río
Del otro, ráfagas
de lluvia fría.
[Buson]

Muy veloz, el granizo
se escapa por el aire,
se licua en el fuego
[Issa]

Se ve solo
el paraguas
en el crepúsculo
de nieve
[Yaba]

Los años de la vida,
como ascuas de leña
se van quemando
[Issa]

Mañana clara
De puro estar contento,
de carbón estalla
[Issa]

Justo hoy, también hoy,
mirando los bambúes
junto al brasero de madera
[Issa]

Aislado en el invierno,
le hago consultas
al Iluminado
[Shiki]

La llama inmóvil
no es más que un firmamento
de soledades
[Yaba]




Iobec mapic, el árbol de la sal

Según Lázaro Flury, "... en la maraña del Chaco salteño se esconde una planta, muy rara, por cierto, que los mocovíes llaman iobec mapic, que en su lengua significa ¨el árbol de la sal¨ y que constituye una verdadera curiosidad entre las maravillas vegetales que atesora el impenetrable".
En plenitud de su desarrollo, la Heliconia hirsutta (su nombre botánico) alcanza hasta dos metros y medio de altura, y sus hojas crespas , de largos pecíolos, suelen envolverse en las alas de los molles y los guayacanes, como si fuera una enredadera. Sin embargo, lo más curioso de esta planta es que sus cenizas tienen la característica de ser sumamente saladas, por lo que los mocovíes las utilizan para aderezar sus alimentos.
Obtienen estas cenizas mediante un ritual que consiste en formar una pirámide con troncos, ramas y hojas, a la que prenden fuego al atardecer (de hacerlo antes de ponerse el sol, este podría sentir envidia y malograr el proceso) y luego, a la mañana siguiente, ya frías las recogen y la mezclan con agua, como si fuera harina, para formar una masa después se deja secar y se muele en un mortero especial para espolvorear las comidas.
En una oportunidad en que, no recuerdo exactamente cómo, había oído hablar de esta planta a Carlos Escudero, un ingeniero agrónomo, del que sabía que recién había regresado de un relevamiento de flora en el Parque Nacional El Rey, en la provincia de Salta, fue quien me dijo:
"Es curioso, pero no hace más de dos meses que me enteré de la existencia del iobec mapic, por intermedio de un descendiente de mocovíes que en esa época se desempeñaba como guardaparque  en El Rey.
- Y usted, que le interesan las plantas, ¿ ha visto alguna vez un iobec mapic?- me preguntó Aniceto, una tarde en que nos encontrábamos mateando bajo la glicina de la administración del parque
- La verdad es que ni siquiera lo he oído nombrar- contesté intrigado.
- Si quiere yo puedo llevarlo mañana a la zona donde crece- me ofreció- . No es muy común, pero si se sabe dónde  buscarlo, se lo puede encontrar, aunque suele esconderse enroscándose en los árboles más grandes.
Así que, al rayar el sol en la mañana siguiente, ya estábamos en plena selva, caminando a lo largo del arroyo Dorado, rumbo a la Cañada del Agua Salada, a sus buenas tres horas de marcha a través del monte chaqueño.
- ¿Falta mucho Aniceto?- preguntaba yo de tanto en tanto, acosado por los jejenes y barihuís que infestaban el monte.
- Bastante Iapá -contestaba el indio, sin mostrar señales de cansancio ni transpiración, a pesar de la larga caminata a paso vivo y del húmedo calor de la selva.
"Finalmente, al cabo de un tiempo que me pareció una eternidad, el rostro del anciano mocoví se ensanchó en una gran sonrisa:
- Allí lo tienes iapá, dijo señalando un enorme lapacho en el que se enredaba un arbusto de hojas grandes y carnosas, de unos dos metros de altura-. Ahí tienes el iobec mapic. Y ahora te voy a contar su historia. Fue nada menos que Kotaá, nuestro Dios supremo, quien lo creó. Sólo que, según dicen, Él lo creó para que sus hojas y tallos tuvieran un sabor dulce, pero Neepec, el Diablo, intervino y los convirtió en salados.
- ¿ Y cómo fue que Neepec pudo tener más poder que Kotaá, que según sus chamás, fue el creador del mundo y todas las cosas que en él habitan?
- Es que tu no entiendes iapá. No es que Neepec tuviera más poder; simplemente quiso intervenir en los planes de Kotaá, pero cuando éste se dió cuenta de lo que sucedía, aún pudiendo revertir lo que el demonio había hecho, no lo hizo porque comprendió que el iobec mapic sería más útil para los indios siendo salado que siendo dulce.
- ¿ Y cómo es eso Aniceto?- pregunté sin entender muy bien  qué se refería.
- Es muy simple, iapá- respondió el mocoví con paciencia-, Kotaá quiso brindarle al indio una planta maravillosa, cuyos frutos dulces y nutritivos saciaran su hambre y su sed, pero Neepec, envidioso como siempre, echó sobre la planta un balde de lágrimas, haciendo que sus frutos resultaran salados. Y cuando Kotaá regresó y vió lo que el demonio había hecho, se dió cuenta de que la planta resultaría más útil para el indio salada que dulce, porque ya había muchos frutos dulces, pero ninguno salado, así que de allí en más, podrían utilizarlo en sazonar sus comidas
- ¿Y cómo utilizan los indios esa sal, Aniceto?
- Por hoy acamparemos aquí, y a la noche te mostraré cómo se hace, iapá- me contestó el anciano.
"Al ponerse el sol, luego de pedir humildemente permiso al árbol, , como sus ancestros lo habían hecho desde tiempos inmemoriales, podó algunas de sus ramas, limitándose a las más antiguas, hizo con ellas y sus hojas una gran pirámide y las encendió, logrando que se quemaran con una llama muy brillante pero de poca intensidad, sin dañar los árboles a su alrededor; mientras tanto me explicaba:
- Nunca se deben  quemar los troncos y hojas del iobec mapic antes de que Shibah (el sol) se ponga, porque éste se pondría celoso del brillo de su fuego y nunca permitiría que su tronco y sus hojas se convirtieran en cenizas.
"Aquella noche pernoctamos en la selva, protegidos de las alimañas por la gran fogata  del iobec mapicy, justo antes del amanecer, el anciano mocoví recogió cuidadosamente las cenizas del árbol, las humedeció con agua que trajo del arroyo y fabricó con ellas una especie de pasta grisácea que amasó prolijamente , como si estuviera haciendo fideos; luego la extendió sobre una de las hojas del mismo árbol y para el mediodía estaba seca. A continuación encendió un nuevo fuego, esta vez con ramas comunes de timbó y cuando se convirtieron en brasas puso a asar sobre ellas, pinchado en una rama verde, un trozo de guasuncho que sacó de su mochila. Cuando estuvo a punto, molió entre dos piedras un trozo de la maza en que había convertido las cenizas del iobec mapic y saló con ellas la carne que, puedo asegurarles, me pareció tan deliciosa como el manjar más exquisito que hubiera probado nunca"".

Texto extraído de "Cuentos y leyendas del altiplano" Ediciones Continente
2 de enero
Del Fuego al fuego

En este día de 1492 cayó Granada y con ella cayó la España musulmana.
Victoria de la Santa Inquisición: Granada había el último reino español donde las mesquitas , las iglesias y las sinagogas podían ser buenas vecinas.
En el mismo año comenzó la conquista de América, cuando América era un misterio sin nombre todavía.
Y en los años siguientes, en hogueras distantes, el mismo fuego quemó los libros musulmanes, los libros hebreos, los libros indígenas.
El fuego era el destinos de las palabras que en el infierno nacían.

Del libro "Los hijos de los días" de Eduardo Galeano
A la Memoria de Carlos Fuentes
Por Alejandro Maciel

16 de mayo, 2012
Es errónea la visión del indigenismo en buena parte de la sociedad mexicana. La aceptación de las culturas no se consigue a través de la falsa postura, ni con la hipocresía de las costumbres. La conciliación de los viejos rencores no se consigue con el trillado apretón de manos, ni con el beso de la muerte. La clave radica en la aceptación de que el pasado también es presente, y que el futuro seguirá la misma línea de pasado presente, eternamente hasta el final de los tiempos.
Así lo entendió el recién fallecido escritor Carlos Fuentes, hombre que fusionó con maestría las formalidades de una lengua mestiza con la claridad de una cosmogonía endémica de estas tierras. Un genio de la prosa que con el brote chisporroteante de su pluma dibujó un lado distinto del indigenismo en México, lejos del ámbito guerrillero de la lucha político-social. A diferencia de otros, comprendió que el indígena exige ser parte en la construcción de una identidad nacional y al mismo tiempo preservar sus costumbres.
La obra de Carlos Fuentes, gestada en más de 50 años de carrera literaria, forma parte del movimiento indigenista que, años atrás, comenzaron escritores como José Vasconcelos, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Agustín Yáñez, Octavio Paz, Alfonso Caso, Manuel Gamio, Leopoldo Zea, Fernando Benítez y mucho otros artistas plásticos, etnólogos, historiadores y humanistas.
Malva E. Filer, en su ensayo Los mitos indígenas en la obra de Carlos Fuentes, afirma que “la trayectoria de Carlos Fuentes revela, como una de sus constantes, la convicción de que México debe integrar sus componentes indígenas y europeos, sus raíces históricas y su modernidad, y elaborar con lo mejor y más perdurable de ellos su propia y auténtica cultura”
Algunas obras de Fuentes están colmados de imágenes de un indigenismo vivo, perdurable, siempre presente en la cultura mexicana pese al intento occidentalizador de borrar las raíces culturales. Logra mezclar la cosmogonía indígena con su historia, en una fusión que no es más que el deseo exasperante del escritor por rescatar el pasado de la muerte.
Quizás el ejemplo más próximo a lo anterior es su célebre novela La región más transparente, en la que Fuentes personifica la mitología prehispánica. Ixca Cienfuegos hace referencia al hombre leproso que, dentro del mito de la creación del sol, se arrojó al fuego y resurgió en el cuerpo del astro luminoso. También Teódula Moctezuma mantiene fuertes similitudes con la Cuatlicue, diosa azteca de la creación y la destrucción.
En el cuento Chac-Mool, escrito en 1952, se encuentra una crítica nada sutil hacia la violencia con que los indígenas fueron arrancados de su cultura para imponerles otra: “El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.”

Otro ejemplo es su novela La muerte de Artemio Cruz, en la que las atmósferas son recreadas a partir de un pasado netamente indígena, donde los personajes son hijos de dioses también indígenas, creados a su imagen y semejanza, donde los astros fueron creados por los hombres de la tierra, en donde todo existe porque los ojos del pueblo pueden mirarlo y nombrarlo, bajo su marco cultural.
Continúan los ejemplos: su libro de ensayos Tiempo Mexicano, la novela Una familia lejana y otros cuentos, entre los que destacan Cambio de piel, Por boca de los dioses y Los días enmascarados. En todos ellos, el culto religioso prehispánico no se pierde ni se difumina; consigue cohabitar en una realidad que no le corresponde, porque le fue impuesta.
El indigenismo en Carlos Fuentes no existe a través de sus recurrentes recursos folclóricos, ni a través de las palabras maíz, indio, Quetzalcóatl, sol o lluvia. Radica en su forma de perfilar al indígena dentro de un mundo que le pertenece y al cual tiene derecho: el México donde se conectan las raíces del pasado con el cielo del presente, donde en una misma tierra cohabitan dos culturas hermanas y donde la inclusión suede por orden natural.
Es el indígena en la obra de Fuentes una figura victoriosa, como el sobreviviente de una guerra aún sin terminar, que consigue reintegrarse a su pueblo sin dificultad alguna. A diferencia de Octavio Paz, quien insistía en mirar al pasado para la comprensión de la actualidad, Fuentes insiste en estudiar el presente con todas sus partes integradoras. Es decir, un México actual en el que los indígenas no son antigüedades de museo, sino partes vivas de la sociedad presente.
La valía del trabajo de Carlos Fuentes va todavía más lejos: desdibuja las fronteras de la censura y el saneamiento cultural, justo donde México encuentra el mayor de sus conflictos personales. Un país que no consigue entender que el tiempo es una espiral, siempre arrastrando el pasado consigo. Que no comprende que todo tiempo perdura, gracias a la asimilación de las culturas precedentes y que se adaptan a la novedad de las formas. Un México que no se concibe como tal, renuente de sus principios, en la perpetua negación de su mestizaje irrevocable.

*El escritor mexicano Carlos Fuentes murió el martes 15 de mayo a los 83 años de edad.
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Fuente:http://analisiscomunicacion2012.blogspot.com/2012/05/el-indigenismo-en-carlos-fuentes.html


"La puro, vida del futuro" (Hugo Jamioy, Pueblo Kamsá, Colombia) en el cierre del Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia (2001)


Escuchar los susurros
Escuchar los susurros
que llegan a través del tiempo y del espacio,
Las voces de los antepasados
De todas las razas y credos
Nuestros espíritus silenciosos están esperando;
La inspiración es nuestro deseo.
La chispa de la comprensión
Encenderá nuestros corazones.
Dentro de esa visión ardiente,
Los susurros nos llaman,
Pidiendo a los que escuchan
Que lleven la Llama Eterna.
La Llama es la iluminación
Del amor que llevan dentro,
Todas las criaturas, Tribus y Naciones
Son una familia otra vez.
¿Estamos escuchando realmente
Los susurros de nuestro alrededor?
Las voces del círculo
Están pidiendo una tierra común.
Donde la paz sea el mensaje,
Donde ningún niño esté solo,
Y donde no existan corazones rotos,
Porque todos habremos llegado a casa.

Jamie Sams ("La medicina de la Tierra")



El Mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso – reveló - Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano en El libro de los Abrazos



El reposo del fuego
(Don de Heráclito)
Pero el agua recorre los cristales
musgosamente :
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.
Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
Fuego del aire y soledad del fuego
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.
Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:
Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.
Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.
No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.



José Emilio Pacheco (México, 1939)



Hacer fuego
Hacer fuego
tomar de ti la yesca
frotarla en mi costilla
Algún punto cardinal tendrá sentido
cuando la llama salga a unificar mis dedos
cuando la mano entera busque reconocerse en la otra mano
ya sin la garra voraz que acosa a tu aterida sombra
pondré mi instinto en dirección al tuyo
y entraré por la fuerza en la dulzura
imaginando ser lo que se sueña
vendrá del pedernal la lumbre
un crepitar de voces
la flama líquida
cenizas.



José Ángel Leyva (México, Durango, 1958)



Fuego eterno
A Heráclito de Éfeso¿Será verdad que un fuego primitivo
llevamos dentro?
¿Que esto que por los aires,
luz sideral latiendo, contemplamos,
anima nuestro cuerpo como parte
de un rutilar inmenso que nos tiembla
bajo nuestra piel?
Eso que llaman luz, esa armonía,
eso que tan ajeno nos parece,
campo en que respiramos,
¿será esta misma llama irreductible
de nuestra intimidad?
¿No seremos acaso lo que somos
o nos parece ser sino las chispas
de esas frondas oscuras, palpitantes,
en cuyo anhelo todo se resume
como un aparecer sin esperanza?
¡Raza del hombre!
¡Ah, delicioso infierno de la tierra!
Tal vez será un reposo haber llegado
a tu fragante orilla.
Aquí donde la carne y sus placeres,
este sufrir tan nuestro,
la fruición de las manos laboriosas,
los objetos del arte y sus impactos
como de permanencia,
los besos que intercambian
quienes se van y vienen,
todo lo excelso, claro, fugitivo,
que aflige y nutre a un tiempo,
dan el tibio interregno en que se cuece
nuestra ternura.
Luego de haber surgido de la luz
y antes de que en su día
se incorpore,
in eterno,
a su luz



Juan Gil-Albert (España, 1904 – 1994)



Profecías

Anoche se han casado, ante el fuego, según quiere la tradición, y han escuchado las palabras sagradas.
A ella:
-          Que cuando él se encienda en fuego de amor, no estés helada.
Y a él:
-          Que cuando ella se encienda en fuego de amor, no estés helado.
Al resplandor del fuego se despiertan, abrazados, se felicitan con los ojos y se cuentan los sueños.
Durante el sueño, viaja el alma fuera del cuerpo y conoce, en una eternidad o parpadeo, lo que ocurrirá. Los bellos sueños se convidan; y para eso se despiertan muy tempranito las parejas. Los sueños malos, en cambio, se arrojan a los perros.
Los sueños malos, pesadillas de abismos o buitres o monstruos, pueden anunciar lo peor. Y lo peor, aquí, es que te obliguen a ir a las minas de azogue de Huancavélica o al lejano cerro de la plata de Potosí.

(Murra, John V. La organización económica del Estado inca, México, Siglo XXI, 1978. Formaciones económicas del mundo andino, Lima, Instituto de Estudios peruanos, 1975)




Canto del fuego, del pueblo Bantú

Fuego que contemplan los hombres en la noche,
en la noche profunda.
Fuego que ardes sin quemar, que brillas
sin arder.
Fuego que vuelas sin cuerpo.
Fuego sin corazón, que no conoces
hogar ni tienes choza.
Fuego transaparente de palmeras:
un hombre te invoca sin miedo.
Fuego de los hechiceros, tu padre, ¿dónde está?
Tu madre, ¿dónde está?
¿Quién te ha alimentado?
Eres tu padre, eres tu madre.
Pasas y no dejas rastros.
La leña seca no te engendra,
no tienes por hijas a las  cenizas.
Mueres y no mueres.
El alma errante se transforma en ti, y nadie
lo sabe.
Fuego de los hechiceros, Espíritu
de las aguas inferiores y los aires superiores.
Fuego que brillas, luciérnaga que iluminas
el pantano.
Pájaro sin alas, cosa sin cuerpo, Espíritu
de la Fuerza del Fuego.
Escucha mi voz:
un hombre te invoca
 sin miedo.


(Martínez Fivee,  Rogelio (Selección), Poesía anónima africana, Madrid, Miguel Castellote, s/f)