A la Memoria de Carlos Fuentes
Por Alejandro Maciel
16 de mayo, 2012
Es errónea la visión del
indigenismo en buena parte de la sociedad mexicana. La aceptación de las
culturas no se consigue a través de la falsa postura, ni con la hipocresía de
las costumbres. La conciliación de los viejos rencores no se consigue con el
trillado apretón de manos, ni con el beso de la muerte. La clave radica en la aceptación de
que el pasado también es presente, y que el futuro seguirá la misma línea de
pasado presente, eternamente hasta el final de los tiempos.
Así lo entendió el recién fallecido
escritor Carlos Fuentes, hombre que fusionó con maestría las formalidades de
una lengua mestiza con la claridad de una cosmogonía endémica de estas tierras.
Un genio de la prosa que con el brote chisporroteante de su pluma dibujó un
lado distinto del indigenismo en México, lejos del ámbito guerrillero de la
lucha político-social. A diferencia de otros, comprendió que el indígena exige
ser parte en la construcción de una identidad nacional y al mismo tiempo
preservar sus costumbres.
La obra de Carlos Fuentes, gestada en más
de 50 años de carrera literaria, forma parte del movimiento indigenista que,
años atrás, comenzaron escritores como José Vasconcelos, Juan Rulfo, Rosario
Castellanos, Agustín Yáñez, Octavio Paz, Alfonso Caso, Manuel Gamio, Leopoldo
Zea, Fernando Benítez y mucho otros artistas plásticos, etnólogos,
historiadores y humanistas.
Malva E. Filer, en su ensayo Los
mitos indígenas en la obra de Carlos Fuentes, afirma que “la
trayectoria de Carlos Fuentes revela, como una de sus constantes, la convicción
de que México debe integrar sus componentes indígenas y europeos, sus raíces
históricas y su modernidad, y elaborar con lo mejor y más perdurable de ellos
su propia y auténtica cultura”
Algunas obras de Fuentes están colmados de
imágenes de un indigenismo vivo, perdurable, siempre presente en la cultura
mexicana pese al intento occidentalizador de borrar las raíces culturales.
Logra mezclar la cosmogonía indígena con su historia, en una fusión que no es
más que el deseo exasperante del escritor por rescatar el pasado de la muerte.
Quizás el ejemplo más próximo a lo anterior
es su célebre novela La región más transparente,
en la que Fuentes personifica la mitología prehispánica. Ixca Cienfuegos hace
referencia al hombre leproso que, dentro del mito de la creación del sol, se
arrojó al fuego y resurgió en el cuerpo del astro luminoso. También Teódula
Moctezuma mantiene fuertes similitudes con la Cuatlicue, diosa azteca de la
creación y la destrucción.
En el cuento Chac-Mool,
escrito en 1952, se encuentra una crítica nada sutil hacia la violencia con que
los indígenas fueron arrancados de su cultura para imponerles otra: “El
cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se
vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los
aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en
México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.”
Otro ejemplo es su novela La
muerte de Artemio Cruz, en la que las atmósferas son recreadas a
partir de un pasado netamente indígena, donde los personajes son hijos de
dioses también indígenas, creados a su imagen y semejanza, donde los astros
fueron creados por los hombres de la tierra, en donde todo existe porque los
ojos del pueblo pueden mirarlo y nombrarlo, bajo su marco cultural.
Continúan los ejemplos: su libro de ensayos
Tiempo Mexicano, la novela Una familia lejana y otros cuentos, entre los que
destacan Cambio de piel, Por boca
de los dioses y Los días enmascarados. En
todos ellos, el culto religioso prehispánico no se pierde ni se difumina;
consigue cohabitar en una realidad que no le corresponde, porque le fue
impuesta.
El indigenismo en Carlos Fuentes no existe
a través de sus recurrentes recursos folclóricos, ni a través de las palabras
maíz, indio, Quetzalcóatl, sol o lluvia. Radica en su forma de perfilar al
indígena dentro de un mundo que le pertenece y al cual tiene derecho: el México
donde se conectan las raíces del pasado con el cielo del presente, donde en una
misma tierra cohabitan dos culturas hermanas y donde la inclusión suede por
orden natural.
Es el indígena en la obra de Fuentes una
figura victoriosa, como el sobreviviente de una guerra aún sin terminar, que
consigue reintegrarse a su pueblo sin dificultad alguna. A diferencia de
Octavio Paz, quien insistía en mirar al pasado para la comprensión de la
actualidad, Fuentes insiste en estudiar el presente con todas sus partes
integradoras. Es decir, un México actual en el que los indígenas no son
antigüedades de museo, sino partes vivas de la sociedad presente.
La valía del trabajo de Carlos Fuentes va
todavía más lejos: desdibuja las fronteras de la censura y el saneamiento
cultural, justo donde México encuentra el mayor de sus conflictos personales.
Un país que no consigue entender que el tiempo es una espiral, siempre
arrastrando el pasado consigo. Que no comprende que todo tiempo perdura,
gracias a la asimilación de las culturas precedentes y que se adaptan a la
novedad de las formas. Un México que no se concibe como tal, renuente de sus
principios, en la perpetua negación de su mestizaje irrevocable.
—
*El escritor mexicano Carlos Fuentes murió el martes 15 de mayo a los 83 años de edad.
—-
Fuente:http://analisiscomunicacion2012.blogspot.com/2012/05/el-indigenismo-en-carlos-fuentes.html
*El escritor mexicano Carlos Fuentes murió el martes 15 de mayo a los 83 años de edad.
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Fuente:http://analisiscomunicacion2012.blogspot.com/2012/05/el-indigenismo-en-carlos-fuentes.html