Escuchar los susurros
Escuchar los susurros
que llegan a través del tiempo y del espacio,
Las voces de los antepasados
De todas las razas y credos
Nuestros espíritus silenciosos están esperando;
La inspiración es nuestro deseo.
La chispa de la comprensión
Encenderá nuestros corazones.
Dentro de esa visión ardiente,
Los susurros nos llaman,
Pidiendo a los que escuchan
Que lleven la Llama Eterna.
La Llama es la iluminación
Del amor que llevan dentro,
Todas las criaturas, Tribus y Naciones
Son una familia otra vez.
¿Estamos escuchando realmente
Los susurros de nuestro alrededor?
Las voces del círculo
Están pidiendo una tierra común.
Donde la paz sea el mensaje,
Donde ningún niño esté solo,
Y donde no existan corazones rotos,
Porque todos habremos llegado a casa.
Jamie Sams ("La medicina de la Tierra")
El Mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso – reveló - Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
-El mundo es eso – reveló - Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Eduardo Galeano en El libro de los Abrazos
El reposo del fuego
(Don de Heráclito)
Pero el agua recorre los cristales
musgosamente :
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.
Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
Fuego del aire y soledad del fuego
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.
Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:
Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.
Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.
No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.
José Emilio Pacheco (México, 1939)
(Don de Heráclito)
Pero el agua recorre los cristales
musgosamente :
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.
Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
Fuego del aire y soledad del fuego
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.
Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:
Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.
Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.
No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.
José Emilio Pacheco (México, 1939)
Hacer fuego
Hacer fuego
tomar de ti la yesca
frotarla en mi costilla
Algún punto cardinal tendrá sentido
cuando la llama salga a unificar mis dedos
cuando la mano entera busque reconocerse en la otra mano
ya sin la garra voraz que acosa a tu aterida sombra
pondré mi instinto en dirección al tuyo
y entraré por la fuerza en la dulzura
imaginando ser lo que se sueña
vendrá del pedernal la lumbre
un crepitar de voces
la flama líquida
cenizas.
José Ángel Leyva (México, Durango, 1958)
Hacer fuego
tomar de ti la yesca
frotarla en mi costilla
Algún punto cardinal tendrá sentido
cuando la llama salga a unificar mis dedos
cuando la mano entera busque reconocerse en la otra mano
ya sin la garra voraz que acosa a tu aterida sombra
pondré mi instinto en dirección al tuyo
y entraré por la fuerza en la dulzura
imaginando ser lo que se sueña
vendrá del pedernal la lumbre
un crepitar de voces
la flama líquida
cenizas.
José Ángel Leyva (México, Durango, 1958)
Fuego eterno
A Heráclito de Éfeso¿Será verdad que un fuego primitivo
llevamos dentro?
¿Que esto que por los aires,
luz sideral latiendo, contemplamos,
anima nuestro cuerpo como parte
de un rutilar inmenso que nos tiembla
bajo nuestra piel?
Eso que llaman luz, esa armonía,
eso que tan ajeno nos parece,
campo en que respiramos,
¿será esta misma llama irreductible
de nuestra intimidad?
¿No seremos acaso lo que somos
o nos parece ser sino las chispas
de esas frondas oscuras, palpitantes,
en cuyo anhelo todo se resume
como un aparecer sin esperanza?
¡Raza del hombre!
¡Ah, delicioso infierno de la tierra!
Tal vez será un reposo haber llegado
a tu fragante orilla.
Aquí donde la carne y sus placeres,
este sufrir tan nuestro,
la fruición de las manos laboriosas,
los objetos del arte y sus impactos
como de permanencia,
los besos que intercambian
quienes se van y vienen,
todo lo excelso, claro, fugitivo,
que aflige y nutre a un tiempo,
dan el tibio interregno en que se cuece
nuestra ternura.
Luego de haber surgido de la luz
y antes de que en su día
se incorpore,
in eterno,
a su luz
Juan Gil-Albert (España, 1904 – 1994)
A Heráclito de Éfeso¿Será verdad que un fuego primitivo
llevamos dentro?
¿Que esto que por los aires,
luz sideral latiendo, contemplamos,
anima nuestro cuerpo como parte
de un rutilar inmenso que nos tiembla
bajo nuestra piel?
Eso que llaman luz, esa armonía,
eso que tan ajeno nos parece,
campo en que respiramos,
¿será esta misma llama irreductible
de nuestra intimidad?
¿No seremos acaso lo que somos
o nos parece ser sino las chispas
de esas frondas oscuras, palpitantes,
en cuyo anhelo todo se resume
como un aparecer sin esperanza?
¡Raza del hombre!
¡Ah, delicioso infierno de la tierra!
Tal vez será un reposo haber llegado
a tu fragante orilla.
Aquí donde la carne y sus placeres,
este sufrir tan nuestro,
la fruición de las manos laboriosas,
los objetos del arte y sus impactos
como de permanencia,
los besos que intercambian
quienes se van y vienen,
todo lo excelso, claro, fugitivo,
que aflige y nutre a un tiempo,
dan el tibio interregno en que se cuece
nuestra ternura.
Luego de haber surgido de la luz
y antes de que en su día
se incorpore,
in eterno,
a su luz
Juan Gil-Albert (España, 1904 – 1994)
Profecías
Anoche se han casado, ante el fuego, según quiere la tradición, y han escuchado las palabras sagradas.
A ella:
- Que cuando él se encienda en fuego de amor, no estés helada.
Y a él:
- Que cuando ella se encienda en fuego de amor, no estés helado.
Al resplandor del fuego se despiertan, abrazados, se felicitan con los ojos y se cuentan los sueños.
Durante el sueño, viaja el alma fuera del cuerpo y conoce, en una eternidad o parpadeo, lo que ocurrirá. Los bellos sueños se convidan; y para eso se despiertan muy tempranito las parejas. Los sueños malos, en cambio, se arrojan a los perros.
Los sueños malos, pesadillas de abismos o buitres o monstruos, pueden anunciar lo peor. Y lo peor, aquí, es que te obliguen a ir a las minas de azogue de Huancavélica o al lejano cerro de la plata de Potosí.
(Murra, John V. La organización económica del Estado inca, México, Siglo XXI, 1978. Formaciones económicas del mundo andino, Lima, Instituto de Estudios peruanos, 1975)
(Martínez Fivee, Rogelio (Selección), Poesía anónima africana, Madrid, Miguel Castellote, s/f)
Canto del fuego, del pueblo Bantú
Fuego que contemplan los hombres en la noche,
en la noche profunda.
Fuego que ardes sin quemar, que brillas
sin arder.
Fuego que vuelas sin cuerpo.
Fuego sin corazón, que no conoces
hogar ni tienes choza.
Fuego transaparente de palmeras:
un hombre te invoca sin miedo.
Fuego de los hechiceros, tu padre, ¿dónde está?
Tu madre, ¿dónde está?
¿Quién te ha alimentado?
Eres tu padre, eres tu madre.
Pasas y no dejas rastros.
La leña seca no te engendra,
no tienes por hijas a las cenizas.
Mueres y no mueres.
El alma errante se transforma en ti, y nadie
lo sabe.
Fuego de los hechiceros, Espíritu
de las aguas inferiores y los aires superiores.
Fuego que brillas, luciérnaga que iluminas
el pantano.
Pájaro sin alas, cosa sin cuerpo, Espíritu
de la Fuerza del Fuego.
Escucha mi voz:
un hombre te invoca
sin miedo.
(Martínez Fivee, Rogelio (Selección), Poesía anónima africana, Madrid, Miguel Castellote, s/f)